Esther Orozco

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La ciencia y la tecnología todavía presentan posibilidades limitadas para las mujeres.  La política científica y tecnológica en México, cuando existe, la diseñan generalmente hombres. La mayor parte de los reconocimientos en la ciencia son para ellos y los comités de evaluación del trabajo de investigación están formados en su mayoría por hombres.  Pocas veces aparecen científicas en el panorama público, a pesar de que hemos contribuido sustancialmente al desarrollo de la ciencia.  Al excluir a las mujeres se desperdicia una buena parte del talento de la sociedad.  En ese sentido, organizaciones como L’Oréal que junto con la UNESCO reconocen a las mujeres que hacen ciencia, le dan un gran servicio a la humanidad: la visibilidad es el primer paso para aprovechar sus capacidades.

Día a día empujamos con el corazón y el cerebro para ocupar los lugares que nos corresponden, pero la equidad por la que las feministas han luchado no existe todavía. Atrás de las mujeres exitosas, frecuentemente hay otras mujeres apoyándolas. Sin embargo, las oportunidades son escasas para la mayoría y el éxito tiene una raíz importante en las circunstancias que nos rodean. Por mis circunstancias, he podido romper tabúes que hacen creer que nosotras no podemos ser líderes en la ciencia, el arte, la empresa o la política. Millones de mujeres en el mundo prueban la falsedad de esta creencia.

Una parte de mi vida la dedico a la docencia y a la ciencia. Otra, a reflexionar sobre mi país, a soñar en cómo quisiera que fuera y a trabajar por ello.  Otra, a leer, a escribir, a ver películas y enterarme de lo que pasa. Otra, a convivir con quienes amo, estimo y respeto. Otra más, la desperdicio sin remedio en tonterías propias y ajenas que a veces disfruto y otras, lamento.

Creo en el debate, en la crítica constructiva y en la importancia de escuchar y valorar lo que los otros dicen.  Son indispensables para avanzar y autoconstruirnos.  Aprendo de los y las otras. De quienes leen la prensa, los libros de entretenerse y los de aprender y los artículos científicos;  y, generosamente, me hacen partícipe de lo que aprendieron. De quienes me critican y de quienes no saben de mí, pero yo accedo a su saber por distintos medios.

Nací en San Isidro, un pueblito al pie de la Sierra Tarahumara.  Debido a que Pascual Orozco y sus hombres iniciaron allí la Revolución Mexicana,  le nombraron Estación Pascual Orozco.  Se le conoce de las dos formas. Crecí con mi abuela paterna, pero cerca de mi madre. Vengo de una familia de agricultores y maestros rurales y yo soy maestra normalista. Trabajé en las escuelas primarias públicas, después, me convertí en Química, Bacterióloga, Parasitóloga, por la Universidad Autónoma de Chihuahua. Me casé con Tomás Sánchez y tuvimos a Julio César y a Sofía Alejandra. Emigré a la bella Ciudad de México en donde hice una Maestría y un Doctorado en Ciencias en el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del IPN (Cinvestav-IPN).   Allí fui profesora-investigadora del Departamento de Genética y Biología Molecular y actualmente soy del de Patología Experimental. Durante la Dirección de Feliciano Sánchez-Sinencio fui Secretaria de Planeación y conocí el trabajo de mis colegas que me dejó fascinada por la calidad de la ciencia que se hace en el Cinvestav. Concentré mi trabajo científico en descubrir los mecanismos que usa el protozoario Entamoeba histolytica (la amiba) para adherirse al epitelio intestinal.  Junto con decenas de brillantes jóvenes que han pasado por mi laboratorio para hacer sus tesis de licenciatura, maestría y doctorado, encontramos en la superficie de la amiba un complejo formado por dos proteínas que se adhieren a a las células intestinales y las dañan.  Aislamos los genes que codifican para estas proteínas. Queremos bloquear este complejo para que la amiba no pueda pegarse al epitelio intestinal y sea arrojada al exterior con las heces fecales. Trabajamos para hacer  una vacuna.  ¡Un sueño!  Pero si no soñamos… ¿Cómo avanzamos?  No conozco otra forma de mantener el optimismo y juntar la energía suficiente para realizar hazañas: soñar que algo es posible y, desde luego, esforzarse por lograrlo.

En el año 2006 obtuve el reconocimiento “For Women in Science” que otorgan L’Oréal y la UNESCO.  Esto me dio una visibilidad inesperada.  El mismo año fui invitada por el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Lic. Marcelo Ebrard Casaubon, a crear y dirigir el Instituto de Ciencia y Tecnología del Distrito Federal (ICyTDF). Un espacio para lograr que la sociedad comprenda que sin educación, ciencia y tecnología nuestro país tiene un futuro más gris que el que vislumbramos ahora.

Mi optimismo genético me convence de que el futuro de México será mejor.  La razón me dice, sin embargo, que sólo será grande cuando los gobernantes se apoyen en la ciencia y la tecnología para resolver los problemas de una sociedad que eduque a sus niños y jóvenes con una visión científica y humanista. Así, tendremos ciudadanos críticos y solidarios que participen en la solución de los problemas sociales para que México sea lo que soñamos.

Si tienes tiempo y humor déjame un mensaje en la sección “Blog“.  Te responderé.

Esther Orozco