Esther Orozco

Prensa

A las y los universitarios, a la ALDF, a la opinión pública:

En mi incesante andar por las áreas de la educación, la ciencia y la tecnología, el 7 de mayo del 2010 fui electa rectora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, una noble institución creada hace 10 años. Asumí mi trabajo con responsabilidad, pasión y amor a los y las estudiantes, convencida hasta el último aliento de vida de que las desdichas de este país tienen su raíz profunda en la educación parroquiana, insuficiente y autocomplaciente que reciben nuestros niños y jóvenes. Por ello, soy defensora pertinaz de la educación pública, científica y humanista. Mi historia avala mi dicho.  Además de mi carrera como maestra y como científica, he participado en la creación de instituciones y de programas importantes en México, como el Instituto de Ciencia y Tecnología del D.F. (ICyTDF), la Secretaría de Planeación del Cinvestav-IPN, los Programas Multidisciplinarios de Biomedicina Molecular en el Cinvestav IPN, en Cicata-IPN y en las Universidades Autónomas de Ciudad Juárez y de Chihuahua, entre otras. Bajo mi dirección se han formado más de 80 jóvenes científicos, todos y todas productivos. Hecho que me enorgullece.

Aprendí a concebir y a fraguar las estrategias para recoger los mejores frutos del trabajo y sé reconocer cuando las hipótesis y las acciones fallan y hay que buscar nuevos caminos. Consecuentemente, después de casi un año como rectora de la UACM me convenzo, con preocupación, de la dificultad para realizar proyectos simples o de envergadura que coadyuven a cumplir con sus objetivos y su misión. El 80% de la comunidad decidió que yo debía ser la rectora, pero los grupos políticos enclavados en la UACM por 10 años, hoy en busca de plataformas para los próximos procesos electorales, y la carencia premeditada de reglamentos que normen el trabajo y la vida universitaria, hacen casi imposible realizar cualquier tarea. Para mantener la casa en paz, la única posibilidad sería la de dejar hacer y dejar pasar lo que sea. Mi formación de ciudadana responsable y mis compromisos con quienes confiaron en mí, me impiden asumir esa actitud.

Entre los magros logros obtenidos, este año, con el apoyo del ICyTDF, posiblemente titularemos 353 estudiantes, los cuales, sumados a los 47 que se titularon en los 9 años anteriores nos darán 400. Cifra bajísima para una ciudad urgida de espacios universitarios para un cuarto de millón de jóvenes cada año, y, que, además, necesita formar nuevos ciudadanos y ciudadanas preparados para construir una sociedad con menos pobreza, menos ignorancia, más equitativa y menos violenta que la que nuestra generación edificó.

Hicimos un estudio detallado de la situación académica individualizada para cada estudiante y normalizada para su tiempo de permanencia en la UACM, para todas las carreras, el cual develó lo que llamamos Coeficiente de Desempeño Académico (CDA) de cada alumno de licenciatura. El CDA se midió como la relación entre la situación actual del estudiante, dividida entre lo que se espera de él, de acuerdo al número de materias que debe certificar por año. Los resultados muestran que el 52% de los estudiantes inscritos entre el 2001 y el 2009 y activos hasta el 2011 (10,697 estudiantes), tiene un CDA menor a 2.5 en una escala del 0 al 10, y solo alrededor del 15% tiene un CDA por encima de 5.0. La mitad de los 10,697 estudiantes analizados tienen una permanencia en la UACM mayor al período suficiente para cursar su carrera una vez y algunos tienen ya casi 2 o 2.5 períodos cumplidos o por cumplir y les falta trecho. Soy enfática en afirmar que la responsabilidad no recae mayoritariamente en los estudiantes, ni siquiera en la baja preparación con que pudieran llegar a la UACM. El papel de la institución es poner los medios para que los educadores resuelvan las carencias académicas y hagan que el potencial ingente de nuestros jóvenes se manifieste y se desarrolle. Sería terriblemente discriminatorio pensar, como pretenden algunos para justificar la calamidad, que nuestros estudiantes son menos capaces que otros, o bien, que el problema es económico. Mi experiencia es que la enorme mayoría de los estudiantes de la UACM son inteligentes y sensibles, muchos y muchas son tan inteligentes que, a pesar de las circunstancias, avanzan bien en su carrera.

Sin duda alguna, la mayor responsabilidad del desastre, recae en la institución y en quienes han tomado las decisiones. No se ha sido capaz de construir el andamiaje para que los jóvenes transiten de la mejor forma por las aulas y los laboratorios con excelentes profesores y los mejores métodos de aprendizaje y,  así, cierren el ciclo de su formación universitaria de manera exitosa. El descalabro educativo que vive la UACM, se debe al descuido imperdonable que se ha tenido con los jóvenes.

He de decir que se ha hecho creer a muchos estudiantes de la UACM que terminar una carrera no es uno de los objetivos de asistir a la universidad, y así, pueden avanzar tan lentamente como quieran o puedan (ver Avilés Jaime, Desfiladero, La Jornada, 2 de abril 2010). Ser libre y ser “anti-neoliberal”, de acuerdo con quienes sustentan estas ideas, que seguramente no aplican en la educación de sus hijos e hijas, significa que no existan reglas ni requisitos en la formación de los y las jóvenes, más allá del necesario desarrollo de amor por el conocimiento, aunque no dicen cómo se cultiva ese amor. Cada quien como quiera o como pueda. ¡Vaya receta! Juego perverso, en el que las exigencias no pasan de reclamos leves, porque al final todos viven en el confort de la no rendición de cuentas, pero se malbaratan los sueños y los anhelos de los jóvenes, quienes a veces, por desgracia, caen en el juego, como caen en el de la propaganda televisiva, y viven el espejismo de que están en el mejor lugar y en las mejores condiciones para educarse. Pero un modelo de educar que no forma personas críticas ni comprometidas con la sociedad, puesto que no les fomenta la conciencia de sus obligaciones con quienes invierten recursos para su formación, es solo un remedo de educación. Las familias mandan a sus hijos e hijas a la universidad, confiadas en que la institución los va a amparar y a preparar para sobrevivir en este país lleno de peligros y necesitado de esperanzas. Las madres y los padres, en su angustia, se aferran a la convicción sobre el compromiso social de los maestros y la fortaleza y probidad de las instituciones. Y, les fallamos. Podría yo estar equivocada, pero invito a los estudiantes a pedir opinión al respecto en casa, para saber que piensan quienes más los quieren.

Por otra parte, la UACM tiene buenos profesores, algunos excelentes y muy comprometidos con la educación pública. Todos están aceptablemente bien pagados (sueldo bruto: 39,870 pesos mensuales, sin diferencias por preparación o experiencia y más del 90% con tiempo completo y otros indebidamente con un tiempo completo más en otras instituciones), pero la institución carece de una estructura que permita reconocer su trabajo y encomendar tareas a los encargados de las licenciaturas, porque no existen tales encargados. La vida académica de la UACM se ha organizado en academias temáticas y no hay responsables de las carreras completas que analicen y evalúen planes integrales y den cuenta de los resultados.

La situación se vuelve delicada porque el presupuesto público que se ha otorgado a la UACM, además de los inmuebles, asciende en estos 10 años a 5,476 millones de pesos. Esta responsabilidad, que empieza a ser mía, la he enfrentado con propuestas que caen en el vacío de la grilla, los intereses grupales que han tomado como consigna oponerse violentamente a todo, a cualquier criterio de productividad, eficiencia, evaluación y calidad educativa, a la simple la realización de un festejo, a la elaboración de mallas horarias, o a la creación de necesarios espacios académicos, y, desde luego,  no niego mi frustración, al no poder hacer más por la UACM. Tengo claro, además, de que si no tomo decisiones adecuadas, pronto me empezarán a endilgar la total responsabilidad de este fraude educativo, por seguir aplicando una receta fallida. Lo cual me resulta inaceptable.

Por otra parte, para empeorar el caso dentro de la universidad, la Comisión de Educación de la ALDF decidió en días pasados proponer cambios a la Ley de Autonomía de la UACM, sin notificarme a mí ni al Consejo Universitario, en un acto de agravio a la autonomía universitaria. Los cambios consisten en que el rector pueda reelegirse por un período más, que pueda contratar a su personal de confianza y que su figura sea parte de la Ley de Autonomía de la UACM.  Esto, totalmente ajeno a mí, ha sido usado y probablemente propiciado por grupos con intereses internos y externos, para crear problemas a la administración de la UACM. Jaime Avilés, amigo de los organizadores de éste y otros eventos que incluyen patadas a las puertas y gritos estridentes en actos académicos, personifica parte de la infamia. Cada vez que tiene oportunidad, se ocupa de mi persona en su columna “Desfiladero” de La Jornada, para difamarla. Además de la falta de ética al escribir lo que le dictan sin comprobar su veracidad, no acepta réplicas ni aclaraciones. Lo que el dice “es la verdad” porque, desde su visión, los otros no pertenecen a la izquierda y solo su palabra es democrática. En múltiples ocasiones hemos escrito otros y yo al Correo Ilustrado para desmentir estos dichos inicuos pero esas cartas no han tenido la fuerza necesaria para conceder el derecho universal de la réplica. Pero tampoco es razón para perder la esperanza en otra izquierda congruente, honesta y constructiva.

Ratifico mi convicción de siempre de que la autonomía universitaria es parte sustancial de las universidades públicas, indispensable para el proceso de formación de ciudadanía en los y las jóvenes. Si vulneramos la autonomía universitaria, vulneramos a la propia universidad. Por tanto, exhorto a los y las diputados al diálogo con el Consejo Universitario de la UACM como la forma de resolver sus dudas sobre nuestra casa de estudios. Deben tener presente que los universitarios defendemos la autonomía como parte de nuestra esencia.

Afirmo, con convencimiento, que la capacidad de autogobernarse es un requisito para cumplir la misión de la universidad. La UACM no ha cumplido, pero parte de la responsabilidad corresponde a los diputados y diputadas de las Legislaturas de los últimos 10 años, al no tomar a tiempo las medidas necesarias para evitar llegar a este estado deplorable.  Ahora, la comunidad universitaria debe encontrar el difícil camino para salir adelante y resarcir el daño causado a los y las jóvenes que llegaron a la UACM llenos de ilusiones a realizar una carrera, pero al ritmo que llevan, a algunos les tomará 20 años terminarla. La UACM ha de trabajar arduo para construirse ella misma y para que la sociedad de la Ciudad de México le perdone la falta de cuidado con los recursos provenientes del trabajo de sus ciudadanos, pero particularmente con sus hijos. A la ALDF y al Gobierno del D.F. les toca, dentro del total respeto a la autonomía universitaria, apoyar a la UACM con presupuesto, recomendaciones, construcción de infraestructura y laboratorios y aumento sustancial de la matrícula. Por otra parte, si corresponde, y a quien le  corresponda, deberá aplicar las sanciones a que haya lugar por la irresponsabilidad en la actividad más sensible de la sociedad: la educación de sus hijos e hijas. La UACM es una institución fundamental para la Ciudad de México, no la dejemos perder entre la corrupción, la impunidad y la demagogia.

Nada humano me es ajeno

Esther Orozco

Rectora de la UACM

Descargar nota de La Jornada

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PLAZA PÚBLICA
La rectora Orozco

Miguel Ángel Granados Chapa
Diario Reforma

Edición del 13 abril de 2011

Alos 11 meses de su toma de posesión, la rectora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México expresó una valerosa y genuina posición crítica respecto de la comunidad que la eligió en mayo pasado con el 80 por ciento de los votos del Consejo Universitario. Renovado ese cuerpo, sus actuales integrantes y otros miembros de la comunidad universitaria han increpado, y me temo que doblegado, el legítimo intento de la rectora por serlo, es decir, de gobernar una institución que concreta un proyecto muy valioso de educación popular, que por lo mismo debe practicar la crítica y la autocrítica.

La rectora Orozco, una científica laureada y pertinaz participante en proyectos de educación superior, expuso el 4 de abril su parecer sobre la estructura (o mejor dicho la falta de tal estructura) de la Universidad, carente a su juicio “de reglas que normen el trabajo y la vida universitaria (lo que hace) casi imposible realizar cualquier tarea”. En lo que fue apenas el esbozo de una reforma universitaria (que, por ejemplo, estableciera coordinaciones de licenciatura), la rectora anunció la próxima graduación de más de 300 estudiantes, cifra que es muy superior a la de 47 personas que se han titulado en la década inicial de esa institución.

Ciertamente, la obtención del grado no puede ser el único índice para medir el rendimiento de una institución universitaria, pero no se puede prescindir de él. La eficiencia terminal, expresión que tiene resonancias productivistas de mala reputación en algunos sectores universitarios, no puede ser eliminada de los criterios para evaluar el trabajo de una institución creada para dar una formación peculiar a sus estudiantes, meta que implica la obviedad de darles un formación.

El documento de la rectora Orozco, que simplemente manifiesta su propósito de cumplir el papel para el que fue elegida, es decir el de regir la vida académica, suscitó una reacción airada en algunos ámbitos de la UACM, que se condensó en la sesión del Consejo Universitario efectuada anteayer. Allí se puso de manifiesto la existencia de un conflicto estructural de competencias entre los dos principales órganos de la institución, la rectoría y el propio consejo. Éste hizo una especiosa interpretación de la fracción IV del artículo 5 de la ley orgánica de la Universidad. Del principio de colegialidad en las áreas académicas no se desprende subordinación de la rectoría al consejo.

De ese texto (“Las actividades y atribuciones de los responsables de las diversas áreas académicas y administrativas serán determinadas por los órganos colegiados correspondientes y estarán siempre supeditadas a los mismos y definidas en el Estatuto General Orgánico y los reglamentos respectivos”) el Consejo Universitario infiere, sin congruencia lógica porque no se trata de una área académica, sino de la representación y el gobierno de toda la Universidad, que “la rectoría y su estructura administrativa están supeditadas al máximo órgano de gobierno”.

En la sesión del lunes el consejo actuó con esa autoridad, de que él mismo se invistió, y reprendió a la rectora por haber expuesto su visión del estado que guarda la universidad capitalina. Le parece al consejo que la crítica de la rectora daña la imagen pública de la UACM y la lesiona por no reconocer como autoridad suprema al propio consejo. Con autoritarismo propio del Politburó, ordenó a la rectora “que antes de emitir cualquier comunicado público referente a la Universidad, lo someta a la consideración de la Comisión de Difusión, Extensión y Cooperación Universitaria del Consejo Universitario para sus observaciones y aprobación”. De esa perentoria instrucción resulta que la rectora dependerá ya no digamos del órgano colegiado, sino de una de sus comisiones.

Sin embargo, el consejo no pudo permanecer ajeno a la preocupación central de la rectora Orozco y se comprometió a desarrollar un “diagnóstico participativo”, que sea uno de los insumos para una “metaevaluación de la Universidad” practicada por una comisión especial que “recupere los documentos de diagnóstico que ha producido la institución en todos sus niveles”.

El documento de la rectora fue emitido poco después de que se evitó una trastada legislativa, una trampa urdida por la minirrepresentación priista en la Asamblea Legislativa del DF. En ese espacio, donde no ha habido la atención necesaria para conocer y satisfacer los reclamos financieros de la Universidad, surgió un artificial interés por su estructura interna. Se propuso establecer la reelección de quien ocupe la rectoría, por una sola vez, a diferencia del riguroso mecanismo que ahora la impide. A pesar del expreso rechazo de la rectora a esa enmienda, se le atribuye haberla patrocinado.

La Universidad practicó ya ese régimen. La rectora Orozco es la segunda titular de ese cargo. Durante los 10 años anteriores lo ocupó el ingeniero Manuel Pérez Rocha, que mediante una empeñosa gestión sentó las bases del inicial desarrollo de la institución. Legítimamente celoso de su obra, Pérez Rocha dirigió un regaño público a su sucesora. Como experimentado académico y crítico de la educación superior, Pérez Rocha tiene todo el derecho de examinar lo que ocurra en la institución, pero no el de convertirse en supervisor de las acciones y actitudes de quien ahora ocupa la rectoría. De haber tenido antecesores, el propio ex rector hubiera rechazado la injerencia en sus labores. Cada quien en su tiempo ejerce las responsabilidades que le competen.

Cajón de Sastre

La justicia federal dio una malvenida a la flamante procuradora general de la República, Marisela Morales Ibáñez. Un tribunal colegiado confirmó una sentencia de amparo a favor de Armando Medina Torres, alcalde priista de Múgica, detenido el 4 de septiembre de 2009, en una fase tardía del michoacanazo, como se dio en llamar a la redada que se practicó en contra de 12 alcaldes y 23 funcionarios estatales y municipales, a los que la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) acusó de ligas con La Familia michoacana. Uno a uno, todos los involucrados obtuvieron resoluciones que los dejaron en libertad, pues las imputaciones eran insuficientes y endebles. Sólo quedaba preso Medina Torres, de manera que la encargada de la acusación, la entonces subprocuradora, ahora titular de la PGR, erró de todas todas.

miguelangel@granadoschapa.com

Plaza Pública

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Pasar por la universidad

Esther Orozco

www.jornada.unam.mx/1998/08/17/cien-orozco.html

Pasar por la universidad no significa sólo aprender el oficio de biólogo, químico, médico o abogado. Es un espacio para aprehender la vida, la que fue, la que está siendo y la que podemos prever que será.

Pasar  por la universidadPasar por la universidad significa asomarse al pasado e imaginar y hasta inventar el porvenir. Otear la obra que la humanidad ha hecho durante millones de años en su incansable caminar por los milenios. Significa participar en el trazo del rumbo del ser humano hacia los tiempos que vienen, y restablecer un lazo de solidaridad y reconocimiento con quienes han construido lo que hay sobre el planeta por medio del esfuerzo, la inteligencia, las ideas y los sentimientos acumulados sobre los siglos.

Significa abrazar nuestro destino de hacedores de cimientos y ladrillos para edificar el futuro del género humano; aprender a apoyarnos en el pasado y comprender que el presente es sólo un momento inasible en nuestro tránsito continuo como especie que mira hacia el mañana.

Significa comprender lo que somos. Conocer, sentir y gozar nuestra necesidad de vivir en sociedad, de ser un fluido continuo con todos los otros seres humanos a pesar de nuestras diferencias, pugnando por la tolerancia y el respeto a los demás. Tener capacidad crítica y propositiva para edificar todos los días un mundo con más oportunidades para todos. Signar un compromiso para buscar que todos los humanos tengamos una vida digna, sin hambre y con salud, educación y empleo.

Significa tener elementos para condenar a quienes han usado el potencial humano para su beneficio personal y a costa del sufrimiento de los otros. Un aprendizaje doloroso, una advertencia y un compromiso para estar alerta, en contra de los Hitlers, Mussolinis, Francos, Somozas y Pinochets, y no permitirles volver a enseñorearse sobre las naciones.

Significa la posibilidad de mirar lejos. Hacia atrás y hacia delante, más allá de todos los puntos cardinales, pasando por encima de prejuicios y fanatismos. Construir para protegernos de sequías e inundaciones. Aprender a comunicarnos armónicamente con la naturaleza y con otros seres humanos. Saber vivir en un mundo socialmente ordenado por leyes y cómo mantenernos sanos. Hacernos de las herramientas para producir danzas, esculturas, poemas y cine, que al recrearlos hacen crecer el espíritu y mirar nuestras emociones en los otros. La posibilidad de fortalecer con ideas y el quehacer de todos, la esencia del hombre y la mujer.

Todos tenemos derecho a acceder al conocimiento, a la historia del hombre, que ha plasmado sus huellas en objetos hechos para aprovechar las oportunidades de la naturaleza y producir los satisfactores que hacen la vida más placentera y creativa. Ciencia, tecnología y humanismo guardan la historia del hombre. Es nuestro deber de individuos adultos y de sociedad madura dar los elementos a los niños y jóvenes para que crezca su curiosidad por la ciencia y las artes y con ello el deber, la necesidad de participar para mejorar su sociedad.

La universidad pierde su esencia cuando, influenciada por los modelos neoliberales, cierra sus espacios al humanismo, la reflexión, la tolerancia y la creatividad, y forma sólo técnicos que en el mejor de los casos saben su profesión pero desconocen sus compromisos con la sociedad.

La universidad no cumple sus metas como institución social, cuando en un afán pragmático de visión corta del futuro niega la oportunidad a jóvenes de clases sociales pobres, limitándoles la posibilidad de integrarse a la sociedad de acuerdo con su inteligencia, capacidad de trabajo y vocación.

Pasar  por la UniversidadLa universidad debe ser un espacio para todos: los hijos de las obreras y los campesinos, las etnias, para los que somos y hacemos al país.

Los límites para acceder al conocimiento universal y a la preparación para la vida los debe marcar sólo la capacidad intelectual, el amor al trabajo, el interés.

Discriminar de la universidad a indígenas y a pobres va en contra de nuestro ser humanitario.

La educación nos acerca a la libertad a la que todos aspiramos. No es posible alcanzar la democracia en la ignorancia. La inversión en la educación de niños y jóvenes es la inversión del país para su futuro. Una sociedad educada desarrollará más fácil y en menor tiempo su ciencia y tecnología, dos elementos básicos para alcanzar mejor salud, mejores productos agropecuarios, mejor vivienda y comunicaciones más rápidas y eficientes.

De cada 100 alumnos inscritos en primero de primaria, sólo de cinco a siete llegan a la educación superior. Sólo 80 por ciento de los alumnos inscritos en sexto de primaria pasan al primero de secundaria. De éstos, 80 por ciento ingresa al bachillerato y sólo 50 por ciento pasan a la universidad. La deserción en educación superior es de 50 por ciento. Sólo se gradúan en todas las áreas del conocimiento 350 doctores en ciencias al año.

El panorama educativo de México no garantiza mejores tiempos. Es la educación el primer problema a resolver si se quiere una nación próspera. Es indispensable poner el acento en los 38 millones de jóvenes y niños que esperan una oportunidad para tener una vida digna cuando sean adultos.

La ceguera para mirar a lo lejos ha dado como consecuencia que de casi 10 millones de jóvenes mexicanos en edad de asistir a la universidad, sólo un millón y medio lo hagan. ¿Dónde están los demás?

En este tiempo de violencia aterradora para la que se busca todo tipo de explicaciones, haría falta preguntarnos si la sociedad y el gobierno han dado oportunidades reales a los jóvenes para asomarse al mundo, prepararse y comprender su responsabilidad social, sin dejar tiempo para la acumulación de resentimientos. Los jóvenes y niños son hoy la mayoría y la parte de la sociedad que vivirá en el país las próximas décadas. Brindémosles la educación y el acceso al conocimiento, abriendo para ellos las puertas de las universidades y los tecnológicos.

Comentarios a: esther@mail.cinvestav.mx